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Hay una idea de Hannah Arendt que incomoda porque no necesita monstruos para advertirnos sobre el mal... (CPN Cesar Tobias)

Hay una idea de Hannah Arendt que incomoda porque no necesita monstruos para advertirnos sobre el mal En Eichmann en Jerusalén, la filósofa desarrolló el concepto de la «banalidad del mal» al analizar cómo una persona puede participar en actos terribles sin detenerse a juzgar moralmente lo que hace, refugiándose en la rutina, la obediencia o la ausencia de pensamiento crítico. No se trata de afirmar que el mal sea insignificante, sino de advertir que lo peligroso también puede volverse cotidiano cuando dejamos de interrogarnos sobre sus consecuencias humanas.

Arendt estudiaba un fenómeno histórico de una gravedad incomparable con las controversias políticas actuales. Sin embargo, su reflexión nos deja una pregunta que trasciende aquel contexto: ¿qué sucede cuando nos acostumbramos tanto a una realidad injusta que dejamos de reconocer aquello que debería escandalizarnos?

La pregunta vuelve a cobrar sentido frente a los dichos del presidente Javier Milei sobre las personas a las que el sueldo les alcanza para veinte días: ¿cómo hacen para comer y beber durante los diez restantes?

La pregunta tiene una curiosidad matemática: el mes dura treinta días para todos, pero parece que el problema comienza cuando el salario se termina antes de tiempo. Y, por supuesto, los diez días restantes no desaparecen por decreto. Hay que vivirlos.

Quienes atraviesan esa situación suelen conocer bastante bien las respuestas. Se pide prestado, se utiliza la tarjeta de crédito, se posterga una factura, se reduce la compra de alimentos o se recurre a la ayuda de familiares. A veces, simplemente, se resigna aquello que ya no se puede pagar. La economía doméstica tiene sus propios mecanismos de ajuste, aunque rara vez aparezcan en los manuales con la misma elegancia que los modelos macroeconómicos. Naturalmente, una encuesta debe analizarse con rigor: importa cómo se realizó, a quiénes consultó y qué significa exactamente que los ingresos no alcancen hasta fin de mes. Pero ninguna discusión metodológica debería servir para perder de vista el problema que se intenta medir. Si una familia debe endeudarse o privarse de bienes esenciales para completar el mes, hay algo más que una dificultad de administración presupuestaria.

Desde la economía, la cuestión es conocida: no alcanza con observar cuánto dinero ingresa en un hogar; hay que considerar qué puede comprar con él. Un salario nominal puede mantenerse o aumentar mientras su poder adquisitivo se deteriora. Y cuando el crédito deja de financiar proyectos para sostener la compra de alimentos o el pago de servicios básicos, el endeudamiento comienza a funcionar como una extensión precaria de un ingreso insuficiente.

Pero hay algo que los indicadores económicos no pueden resolver por sí solos: el juicio sobre la manera en que miramos a quienes padecen esas dificultades. Aquí es donde la reflexión de Arendt adquiere relevancia. No porque una frase presidencial pueda equipararse con los hechos que dieron origen a su concepto, ni porque toda expresión insensible constituya, en sentido estricto, banalidad del mal. La conexión es más sutil y, precisamente por eso, más inquietante: el riesgo de acostumbrarnos a contemplar el sufrimiento ajeno como si fuera un dato más, una anécdota o incluso una ocasión para la ironía.

Cuando la pobreza se convierte en objeto de burla, la discusión cambia de dirección. En lugar de preguntarnos por qué un ingreso no alcanza para cubrir las necesidades básicas, terminamos preguntándonos cómo se las arreglan quienes no pueden cubrirlas. La responsabilidad parece desplazarse, casi imperceptiblemente, desde las condiciones que producen la dificultad hacia las personas obligadas a soportarla. Y esa es una operación peligrosa. No hace falta negar explícitamente el sufrimiento para restarle importancia; a veces basta con tratarlo como algo tan habitual que ya no merece una respuesta seria.

Un presidente tiene derecho a cuestionar una encuesta, discutir sus resultados y defender su política económica. Lo que no debería perder de vista es que detrás de cada cifra hay vidas concretas. La estabilidad monetaria, el equilibrio fiscal y el crecimiento son objetivos legítimos de la política económica, pero su discusión no exige suspender la sensibilidad ni convertir las privaciones de la población en una responsabilidad exclusivamente individual.

La ironía puede ser una herramienta inteligente para cuestionar el poder. Cuando se dirige hacia quienes ya cargan con las consecuencias de una situación económica difícil, sin embargo, corre el riesgo de producir el efecto contrario: hacer que la desigualdad parezca natural y que la precariedad termine siendo una condición que los afectados deban explicar.

Quizá el verdadero peligro no sea una frase aislada, sino lo que puede venir después de ella: que nos acostumbremos. Que escuchar que un salario dura veinte días deje de provocar preguntas sobre los ingresos, los precios y las condiciones de vida, y que solo despierte curiosidad por las estrategias de supervivencia de quienes se quedaron sin dinero.

Porque los diez días no son una abstracción estadística. Son el tiempo en que alguien pide ayuda, acumula una deuda, posterga una necesidad o se acuesta preocupado por cómo llegará al próximo cobro. Y tal vez la pregunta que deberíamos hacernos, como sociedad, no sea cómo consigue esa persona vivir los diez días restantes. Es por qué hemos llegado a considerar razonable que deba arreglárselas sola.

La banalidad comienza a asomar cuando lo que debería interpelarnos moralmente se vuelve cotidiano; cuando el sufrimiento deja de incomodarnos y hasta podemos comentarlo con una sonrisa. Al fin y al cabo, el calendario siempre llega al día treinta. La cuestión es qué clase de sociedad queremos ser mientras esperamos que llegue el próximo sueldo.

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